Aprendizajes obtenidos de Una rosa sin espinas.
Leer Una rosa sin espinas de la maestra Cuquis Sandoval despierta una serie
de sentimientos ambivalentes que van desde una desolación profunda ante la
inminente idea de una pérdida, del dolor y la enfermedad, pero también inspira
compasión y atisbos de esperanza, los cuales son balsas fundamentales ante los
naufragios tan posibles que se nos pueden llegar a presentar en la vida; porque
hablar sobre cáncer, sobre enfermedades y muertes implica recorrer un arduo
camino hacia atrás, para revalorar las experiencias vividas y los valores que
se sembraron en el pasado, y un ejercicio de escritura como el que presenta la
autora chihuahuense, nos deja en evidencia que no hay mejores verdades que
aquellas que se escriben en papel, que la palabra escrita es en sí un trato
entre los autores y la eternidad, cuando el narrador deja fragmentos de sus
almas, a cambio del favor de preservar las vivencias en el tibio cristal de la
posteridad, donde no el tiempo no transcurra ni deforme los recuerdos.
Sin lugar a dudas, escribir de este libro crea sentimientos muy fuertes en
mí, porque reconozco que la historia que se vive es un reflejo de aquello que
mi persona vio de cerca cuando contaba alrededor de ocho y nueve años de edad.
Por supuesto que la inocencia de un niño hubiera nublado mi juicio al ver aquel
derrumbe de emociones que cada tanto se reconstruían, en cada oración y cada
chequeo al médico, como castillos de arena se formaban y la marea los volvía a
derrumbar, y es que crisis así no se pueden sobrellevar cuando no hay fuertes
lazos familiares. Vaya lección más importante que nos dejó la historia de
Odette, que la familia es solo el vehículo emocional que nos lleva desde un
abismo hasta la superficie, es la plataforma que sostiene los cuerpos cansados
en esas noches de insomnio y angustia. El amor de familia es intrínseco cuando
la calma se ve perturbada por un largo tiempo, por eso el libro rescata ese
lado amable, donde el amor desinteresado y la compasión nos dan los mejores
momentos, los más emotivos. También hay familias por elección, aquellos lazos
de amistad que se fortalecen aún en los lugares menos imaginados, como la
habitación de un hospital. La pureza de un niño es una fuerza de la naturaleza,
derrite corazones y llena de virtud el actuar humano, y por eso, es desgarrador
leer cómo una enfermedad degenerativa apaga esas llamas y los reducen a figuras
maltrechas, pálidas y con la vida deshilándose en suspiros. Cuando vemos estas
historias, ¿Sabremos ver más allá de lo superficial en la vida?, ¿Nuestra
espiritualidad dependerá más de gozar nuestros privilegios que aquejarnos por
lo que falta? Cada quien tendrá respuestas para estas incógnitas.
Finalmente, resta decir que el libro culmina como una celebración a la
vida, más allá de la pérdida y sus desgracias derivadas. Es un homenaje a
Odette, como nieta, hija y paciente de sarcoma, al igual que el resto de niños
y niñas que día a día afrontan estas batallas con la fe inscrita como marcas en
la piel. A diez años de la partida de Odette nos encontramos en una situación
donde la vida pierde su fuerza con el desasosiego del mundo actual: un mundo
hiriente y enfermo de virus y plagas que merman nuestra condición. Y ahí es
cuando volvemos a nuestras preguntas esenciales, ¿Qué hacemos cuando no tenemos
fe?, ¿Cómo sobrellevar esta situación?, ¿Cómo aceptar lo inaceptable? Al final,
las estrellas siguen su marcha y yo, con la fe de un niño, creo que cada día
nos levantamos siendo mejores versiones de nosotros mismos, por más difusa sea
nuestra imagen en el espejo, y continuaremos nuestro andar, al lado de la
familia y con el corazón en la mano, soñando mejores posibilidades, al pie de
lucha, esperando, quizás, que un día así como si nada, nos encontremos
“diosidencias” y darnos cuenta que todo el camino recorrido, al final, valió la
pena.

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