Aquella Navidad Victoria entró a la juguetería de la mano de su padre. No era demasiado grande y esbozaba de entre sus muros un ligero olor a madera fresca y café. Caminaron por los angostos pasillos, de los que apenas un ápice de luz alcanzaba a iluminar sus prodigios hechos a mano. En un momento dado el padre de Victoria la soltó de la mano y, dirigiéndole una de aquellas miradas que dicen más que las palabras, le dio la libertad de completar el recorrido sola, a la espera de encontrar su regalo navideño de ese año. Victoria, quien nunca antes había entrado a una juguetería tan antigua como esa, llevaba en sus pasos cautela, con el temor que, alguno de aquellos juguetes le saltase encima en cuanto quisiera acercarse. Muñecos, títeres, instrumentos, triciclos, cometas de papel, juegos de mesa y máscaras graciosas se asomaban de los anaqueles esperando a ser elegidos. Sus pasos hacían un silencioso eco en las tablas de madera del local y cuando estuvo en el punto más alejado de la entrada, se podían oír el crujir de los clavos ante los firmes pasos de la niña. En ese momento fue cuando lo oyó:
—Psst
Victoria se detuvo, no movió ni un dedo. Quiso voltear, pero tuvo el presentimiento de que algún monstruo emergente de las sombras la estaba esperando.
—Oye.
La voz era aguda y se escuchaba un poco lejos. Victoria tuvo la certeza de que no era aquella la voz de un ser que le estaba susurrando al oído.
—Aquí abajo, ¿Estás sorda o qué?
Victoria bajó la mirada. De entre las tablas de madera vio una sombra, y cuando se inclinó al ras del suelo distinguió un par de ojos cristalinos, tan azules como un témpano de hielo.
—¿Quién eres? —preguntó Victoria, temblando de incertidumbre.
La voz rio
—¿De qué te ríes? — insistió Victoria. Del miedo había pasado a la irritación.
—¿Por qué me tienes miedo?
—No te tengo miedo…
—Sí, si tenías — la voz seguía riéndose. Victoria captó que aquella voz con la melodía dulce de aquella risa burlona no podría venir de ningún que no fuera un niño. Debajo del suelo de la juguetería había un niño, un niño de ojos azules.
—¿Qué haces ahí abajo? — preguntó Victoria.
—Aquí vivo, y aquí trabajo — contestó el niño risueño.
—¿Tú haces los juguetes?
—La mayoría. Principalmente hago los muñecos de madera— dijo un niño con un tono de orgullo en la voz.
—Están muy bonitos, pero ¿Cómo te llamas? — preguntó de nuevo Victoria.
—Todos me llaman Botones—dijo el niño.
—¿Qué clase de nombre es ese? —se rio Victoria.
—Me llaman así porque siempre uso un saco de gala enorme, que tiene muchos botones dorados —explicó el nombrado Botones.
—Tus padres tienen mucha imaginación para los nombres—Victoria siguió riéndose.
—Yo no tengo padres —dijo Botones.
Victoria guardó silencio en aquel instante. Comprendió, a pesar de no ser muy mayor, la razón por la cual ese niño vivía bajo un suelo de madera y porqué tenía que trabajar siendo aún menor. Un niño con familia no viviría de esa forma.
—No te preocupes, no me molesta —dijo Botones al fin, rompiendo el silencio incómodo entre los dos.
—Mi nombre es Victoria —contestó ella, dedicándole la sonrisa más sincera que pudo. Entonces, un pequeño pedazo de tabla, liberado por la presión de los clavos, se removió y del hueco se asomó una mano no muy grande y sucia. Victoria la tomó y ambos niños se estrecharon la mano.
—Mucho gusto, Victoria—dijo Botones. Y de un momento a otro, cambió de tema—¿Qué es entonces lo que te trae por aquí?
—La Navidad.
—Pero todavía no elijes tu juguete, ¿Cierto? — Victoria asintió con la cabeza.
—No sé qué escoger. Mi papá piensa que todavía me gustan los juguetes, ya no soy tan pequeña, prefiero cosas mejores.
—¿Y qué puede ser mejor que un juguete? —preguntó el chico con una sonrisa perspicaz escondida entre las sombras.
—La verdad es que ya no me gusta la Navidad. Me dejó de gustar desde que murió mi madre. —Victoria desvió la mirada como si buscara alguna figura o cuerpo entre la cortina de
polvo que se desplegaba en el aire de aquella vieja juguetería. —Solo mi mamá sabía lo que yo quería para Navidad, mi papá lo intenta, pero no me entiende.
—Yo si te entiendo—dijo Botones y volvió a sacar su mano del escondite para acariciar la mano de Victoria. Su tacto era suave y cálido—También extraño a mis padres, a los dos. —Victoria le correspondió solo con una sonrisa triste, porque el nudo en la garganta le quitó las palabras de la boca.
El pequeño juguetero se quedó dubitativo durante unos minutos. Y después preguntó:
—¿No llevas contigo una foto de tu madre?
—Solo guardo esta postal navideña. —acto seguido, Victoria sacó de su pantalón una tarjeta de plástico donde se veía una foto familiar. Todos sonrientes, en el centro una Victoria mucho más pequeña, a su lado izquierdo su padre y en el derecho su madre. Se veía joven y aún con vida en la mirada. Botones estuvo a punto de comentar algo cuando oyeron una voz a lo lejos. El padre de Victoria la llamaba porque ya era hora de volver a casa.
—Ya me tengo que ir.
Intentó introducir la postal de nuevo a su bolsillo, pero no lo logró por las prisas. En el impulso que hizo para incorporarse del suelo, la tarjeta se zafó del bolsillo y calló en el suelo. Victoria no alcanzó a escuchar la advertencia de su amigo, se fue corriendo entre los pasillos y en menos de un minuto ya estaba fuera de la juguetería.
Botones tomó la postal a través del hueco en el suelo. Observó atentamente la fotografía y, al darle vuelta, vio la dirección de la calle en la que vivía aquella niña triste y decepcionada por la vida. Botones sonrió al ver en su mente la gran idea que estaba dispuesto a llevar a cabo.
Nochebuena. Victoria cena en silencio acompañada por su padre. Observa la silla vacía que queda entre los dos. El árbol, a pesar de estar rebosante de luces y adornos, no tiene regalos debajo. Victoria, a pesar de las insistencias de su padre, optó por no pedir nada en Navidad, simplemente, no se siente capaz de sonreír aquella noche. El padre, en cambio, ahoga con silencio la frustración que le produce saber que no puede hacer feliz a su hija por más que lo intenta. La penumbra y el mutismo se ven interrumpidos cuando alguien toca a la puerta. Tanto padre e hija voltean la vista, confundidos. El padre se decide a abrir y mira a través de la mirilla esperando reconocer al visitante. No ve nadie. Consternado abre la puerta y encuentra lo que él piensa, en un principio, que es un duende. No era un duende, era un niño con un largo y antiguo saco, de esos que están llenos de botones. Está temblando de frío, castañean sus dientes y debajo del brazo lleva un gran paquete envuelto en papel celofán.
—Hola, señor, soy Botones—sonríe el hombrecillo.
—¿Botones? —pregunta el señor.
—El mismo, ¿Está Victoria? Tengo un regalo para ella. O, mejor dicho, para ambos.
En ese punto Victoria ya corría al vestíbulo en cuanto reconoció la vocecilla de Botones. Vio aquellos ojos azules que la asustaron en la juguetería, ahora en una cara enrojecida de frío y un cuerpo no muy alto. Botones le tendió el paquete
—Feliz Navidad—dijo sonriendo.
Victoria desprendió el empaque del papel ornamental y descubrió la caja. Dentro una muñeca de tela, vestida en un elegante vestido rosa, le sonreía. En sus manitas lleva la postal que se le olvidó aquel día en la juguetería. Victoria supo, inmediatamente que aquella muñeca era la imagen de su madre. Su cabello, su ropa, incluso sus ojos habían sido replicados en esa tierna muñeca. Las lágrimas brotaron a sus ojos, y aferró la muñeca como si fuera su madre, ansiando sentir el tacto de su madre cuando era niña. Vio a su padre, él también sabía de qué se trataba, se abrazaron rompiendo la cadena que los había mantenido separados durante tanto tiempo. Ambos vieron al pequeño juguetero sonriente, y como forma de agradecimiento lo invitaron a cenar esa Nochebuena. Aquella Navidad fue la primera, después de muchos inviernos, en que ninguno de los dos niños estaba solo.


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