La muerte según Gustavo Adolfo Bécquer
Era un día frío de
diciembre de 1870, en la ciudad de Madrid, España cuando falleció Gustavo
Adolfo Bécquer. Murió por tuberculosis, presuntamente y a una corta edad de 34
años, murió sin descendencia ni fortuna que repartir. Su prematura muerte
acontece en vísperas navideñas, solo sus amigos y su esposa sufrieron en
silencio su pérdida. Un año después de su muerte, sus amigos recolectaron en un
volumen todos sus poemas que llevaba con el sencillo título de Rimas, nadie podría adivinar que gracias
a esa edición el nombre de Bécquer sería inmortalizado en la historia de su
país y que sería recordado como el máximo representante del romanticismo en
lengua hispana. Han pasado muchos años y en la actualidad, Gustavo Adolfo
Bécquer es recordado tiernamente como el poeta romántico que escribía versos
sencillos pero rebosantes en dulzura, de esas poesías que se dedican en
tarjetas pequeñas para San Valentín. Rimas como Poesía eres tú, Tu pupila azul, Cuando el amor se olvida… En fin,
resulta innegable que los versos de Bécquer no escatiman en el contenido puro y
a veces hasta inocente que se nos viene a la mente cuando pensamos en poemas de
amor.
Pero huelga decir
que, si Bécquer ha sobrevivido hasta nuestros días y que ha sido la inspiración
a maestros de la literatura hispana como Juan Ramón Jiménez o Federico García
Lorca es porque en sus letras encerraba sentimientos más profundos y más
misteriosos que el amor simple. A lo largo de su corta vida, Bécquer plasmó sus
experiencias más traumáticas y sus dolores más angustiantes para escapar, quizá
de oscuros sentimientos que rodearon su existencia. Así pues, para realizar
este análisis me encontré con un patrón muy peculiar dentro de la vida de este
hombre, un tema que se volvió recurrente en su obra y que contrasta totalmente
con la idea general que se tiene de él. Con esto me refiero a la muerte. ¿Qué
pasó en la vida de Gustavo Adolfo Bécquer para que la muerte fuera una
manifestación en su carrera literaria? ¿Y en qué obras plasmó todos estos
sentimientos?
Pues bien, me
gustaría iniciar el tema planteando el hecho de que parecía que Gustavo Adolfo
Claudio Domínguez Bastida nació con una maldición que lo siguió como una sombra
por la vida cuando quedó huérfano con 11 años de edad. El poeta originario de
Sevilla perdió a su padre, quien era un pintor muy talentoso, cuando apenas
tenía cinco años y unos años después falleció su madre, cuando la familia
estaba sumida en la pobreza. Los ocho hijos del matrimonio se separaron al
quedar huérfanos, con el único hermano que mantuvo una relación continua a lo
largo de su vida sería el prominente pintor Valeriano Bécquer. Así fue el
primer contacto que tuvo el pequeño Gustavo con el misterio de la muerte, por
la cual él siempre dijo que sintió una extraña fascinación. Fue a través de
este primer contacto que Bécquer comenzó sus primeros escritos en el libro de
contabilidad que le perteneció a su padre y que le quedó como único recuerdo
después de su partida. En ese libro comenzó a escribir. Creció como un hombre melancólico encerrado
en sus recuerdos y sus fantasías, y es en la mente de este hombre que encontramos
rimas como la siguiente:
Mi
vida es un erial;
flor
que toco se deshoja;
que,
en mi camino fatal,
alguien
va sembrando el mal
para
que yo lo recoja.
Esta
rima me parece muy sobresaliente, es un texto muy breve que denota los
sentimientos del autor en momentos de gran crisis. Hay que recordar el hecho de
que Bécquer cuando llegó a la ciudad de Madrid a los 18 años se encontraba sin
empleo, no encontró la vida fructífera que esperaba encontrar. Pasó largas
temporadas sin encontrar trabajo estable, por lo tanto, estos fragmentos
podemos interpretarlos como registros del sentimiento desafortunado que
experimentó Bécquer en esos momentos. Pero no sólo el hambre o la miseria
económica fueron mermando sus primeros años, a la edad de 21 se contagió de
tuberculosis y a partir de ese momento nunca recuperó una salud estable. El
Bécquer fatalista que sentía que todo iba mal pronto empezaría a tener miedo a
morir, como es natural en alguien que padeció una de las enfermedades mortales
de la época. Comenzó así, a redactar algunos versos donde dejaba entrever esta
desolación.
Llegó
la noche y no encontré un asilo;
y tuve sed ... ¡mis lágrimas bebí!
¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!
¿Estaba en un desierto? Aunque a mí oído
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre... El mundo estaba
desierto... ¡para mí!
Hay una constante dentro
de la literatura de Bécquer y es la de la visión naturalista de las cosas, y es
que, una de las características del romanticismo radica en la importancia de
los estados naturales sobre lo que es artificial. Y Bécquer logra muy bien eso
en su poesía, dándonos imágenes solemnes de playas, bosques, arbustos, mares,
flores, etc. Cada escenario varía según lo que el autor nos quiere transmitir.
Dentro de la simbología becqueriana encontramos que el sentimiento de soledad y
tristeza la manifiesta como un desierto, donde pasa hambre y sed, no muy lejano
a la realidad si visualizamos a un joven poeta pobre, enfermo y sin compañía.
Sin duda Bécquer pasó
muchas amarguras de la vida, siempre pensando que la muerte llegaría a por él
demasiado pronto. Es por eso que escribió y escribió mucho para que la vida no
se le fuera entre las manos, soñó siempre en un mejor mañana y en su poesía
encontramos los grandes misterios del hombre: Vida, muerte, amor, esperanza,
soledad, etc. Sin duda la huella de Bécquer es innegable, por ello, se debe de
decir que Gustavo Adolfo Bécquer superó la muerte muy a pesar que dejó su vida
terrenal a los 34 años de edad. Sigue vivo en las letras.

Redactas muy bien compañero, buen trabajo
ResponderBorrarExcelente trabajo! Magnífica redacción 👌🏾
ResponderBorrarMuy buena forma de redactar!!
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